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domingo, mayo 18

Lo que pienso, lo hago

Una de las cosas que enseguida aprendí en kendo es que los grados no determinan el nivel de cada practicante. Es por eso que los combates están tan reñidos, y quien debería ser el vencedor (siguiendo un orden de grados) muchas veces resulta vencido. Esto es posible gracias a que cada pelea es única: el estudio previo, el tacto de los shinais, el desplazamiento y los huecos que ofrecemos cambian con cada oportunidad. ¡Y menos mal! No podría ser más aburrido saber de antemano quién va a ganar. Y si alguna vez pecamos de infravalorar al compañero que tenemos delante, seguro que aprendemos para la próxima.

Salir fuera del club y practicar con otros kenshis enriquece nuestra experiencia. Quizá lo más justo sería hablar solo de mí, pero las caras de felicidad y agradecimiento que encuentro tras un curso son la prueba irrefutable de que el sentimiento es de todos. Hace poco comentábamos lo complicado que es pelear contra alguien de tu club. Le conoces. Sabes de qué pie cojea, lo que le gusta hacer, lo que le molesta que hagas... ¡y él sabe lo mismo de ti! Así que por una parte es un ejercicio complicado, pero por otra nos brinda la oportunidad de reinventarnos y buscar nuevas aristas. Es una forma de crecer. No menos importante es asistir a cursos donde haya gente nueva con la que practicar. Ese momento en el que te pones delante de alguien que no conoces y debes fiarte de lo que te dice tu shinai... Es curioso. A veces creo que mi shinai dice una cosa pero tiendo a razonar esa intuición... y acabo por perder demasiado tiempo. Ni reacción ni nada. Ahí es cuando me arrepiento de pensar tanto. Es una lucha constante entre mi cabeza y mis cinco sentidos, aunque el tacto se lleva la peor parte. Peco de orientarme más con la vista y eso da lugar a errores que podría haber evitado si hubiera escuchado lo que el tacto no paraba de repetirme.

Ocurre algo parecido cuando hago shiai. Doy un paso adelante y vacío la mente. Me concentro en dar tres pasos largos y en desenvainar en el tercero. Sonkyo. Hajime. Curiosamente, aquí no me cuesta deshacerme de mis pensamientos; no obstante, esta vacuidad da lugar a una nueva dualidad: frialdad y pasión. Soy una persona competitiva, y aunque al principio no esté muy interesada, dentro de mí reside el deseo de ganar. No un deseo burdo ni basado en majaderías, sino un deseo que crece a medida que mi aprendizaje se vuelve más y más técnico. Dicho de otra forma, soy competitiva cuando creo que puedo ganar, y conforme aprendo e interiorizo más cosas mayor es el deseo de ganar, mayor es la ambición. De esta manera, en shiai necesito un punto de esa ambición y de mal genio para afrontar una competición; es más, diría que solo así soy capaz de disfrutarla. Pero si me dejo llevar por esa pasión corro el riesgo de perder la capacidad estratégica. Si entro al shiai-jo con algún pesar en la cabeza o mi contrincante me da un mal golpe y me duele mucho, probablemente me pierda en preocupación o rabia; si no puedo concentrarme, no puedo ganar. Y ésa es justa la misión de la frialdad: compensar el exceso emocional. También, si soy demasiado fría, si carezco de energía a la hora de combatir, pierdo el interés, y por tanto pierdo la pelea incluso antes de empezar. La pasión no es nada sin la frialdad y viceversa. Lo mejor es que todo esto pasa sin que me dé cuenta; solo cuando reflexiono lo veo con claridad. Me arriesgo a que suene tonto o demasiado meditabundo, pero creo que es así.

Esto solo sucede en shiai; el trabajo de jigeiko en clase es totalmente diferente. Por mi cabeza pasan mil cosas: apretar los dedos meñique y anular de la mano izquierda, tenouchi, recoger rápido el pie izquierdo, sentir el contacto, amenazar, crear una intención y que el otro la perciba... Y todo eso sin olvidar lo básico. Es increíble que aún pueda moverme en esos momentos. Ni qué decir que la mitad de las cosas me las dejo por el camino, pero vuelven a mí con cada ejercicio. Pensar en ello y llevarlo a cabo. Otro concepto que también es aplicable a la vida diaria.

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