A veces nos aferramos a cosas muy tontas, sobre todo a hechos del pasado que si bien nos han marcado, debemos dejar ir para pasar página. ¿Pero qué hay cuando uno no quiere pasar página? ¿Sigo hablando de kendo? Lo fundamental es, primero, saber qué es lo que queremos. Yo necesité cuatro años para comprender que debía seguir entrenando, pero no estaba dispuesta a someterme a la misma presión. Y no hablo de presión por la exigencia física, sino a nivel personal. Hay momentos en los que te sientes en la cresta de la ola. Cuando yo me vi en ella, pensé inmediatamente: "disfrútalo" porque esa suerte podría desvanecerse de un plumazo. Y así fue. Acababa las clases extenuada y hastiada conmigo misma. No daba lo máximo y eso es raro en mí. Es una cualidad como otra cualquiera. Para algunas cosas querría ser menos pasional y más progresiva, pero así es la vida. El caso es que estaba perdiendo cierta fortaleza de la que me gustaba presumir; luego varios compañeros terminaron su periplo en el dojo y me invadió una sensación enrarecida. Así las cosas, dejar de entrenar se volvió una consecuencia natural. Nadie tuvo que arrancarme de allí.
En este blog voy a dejar constancia de muchas ideas que se me pasan por la cabeza antes, durante y después de entrenar. Será una visión caótica y personal, aunque creo que los kendokas experimentamos una serie de ánimos y sentimientos iguales. No sé si todos pasamos por un momento de "no reconocimiento" tanto en kendo como en otros aspectos de la vida, pero sí nos hemos sentido perdidos. Cuando me ocurre necesito poner distancia sobre ese suceso y yo. Esa distancia es variable: unas horas, tres meses, cuatro años. Solo cuando me reciclo puedo ver con claridad.
Siento muy familiar gran parte de lo que cuentas, aunque yo lo llevo más a terrenos míos, el arco y la música. Adoctrinas al cuerpo, retiene el conocimiento y lo ejecuta, en cierto sentido, a la perfección (al menos, a la perfección del recuerdo, que no tiene porque ser la perfección del movimiento). El cuerpo es el mismo, más o menos desgastado, pero está ahí. Pero la mente no. No es la misma. Has estado cuatro años creciendo, cambiando, madurando, adquiriendo conocimientos y otras experiencias. Y claro.. intentar meter ese nuevo "Yo", ese nuevo "Kendoka", en un cuerpo con la memoria del "Yo" de hace cuatro años... es raro. Como ponerte ropa que, aunque te encaja, lleva cuatro años en el armario. Hay que amoldar el cuerpo y la mente, hacer que vuelvan a ser una, y en ese proceso uno se puede sentir desvalido y desprotegido, y nos escondemos tras las cortinas para que no nos vean hacer algo que, aunque excepcional, no sentimos del todo nuestro.
ResponderEliminarEstás, a mi consideración, en una etapa preciosa. Redescubrir, reaprender y reconocer. Estás teniendo, de nuevo, "tu primera vez". Mojando la tostada en chocolate caliente tras años sin probarlo y ver que se recupera algo de aquellos días. Aunque se ha perdido la fuerza de la costumbre y las cosas pueden ser distintas. Te reciclas, y reciclada, ves las cosas desde el paradigma que, cuatro años (o los que sean) te han dado ahora.