-->

martes, abril 29

Una buena distancia

En mi tempranísima etapa como kendoka empecé un diario en el que anotaba mis impresiones de las clases, de mis compañeros, de lo que sentía cuando sostenía el shinai de una forma u otra. En el periodo en que fui a la Universidad dejé de entrenar y durante unos meses de mi vida pensé que no volvería a practicar kendo, aunque lo anhelara. Este arte marcial tiene algo que te consume por dentro al tiempo que te da fuerzas. Es una especie de retroalimentación. Cuando volví a retomar el camino de la espada, lo que literalmente significan los kanjis que componen la palabra "kendo", sentí que aunque mi cuerpo guardaba memoria de los movimientos y ciertos reflejos, la mente que los ejecutaba no era la misma, y por tanto, el resultado era completamente diferente. Los primeros meses de entrenamiento fueron algo clandestinos. Quería practicar casi a solas, y a menudo acababa frustrada no por haber perdido rapidez o contundencia (hecho natural) sino porque no encontraba mi kendo (el que recordaba de mis primeros años) en lo que reproducía ahora. Lo más difícil de terminar algo es volver a empezar. A mí me era imposible reanudar la marcha después de cuatro años en la niebla. Simplemente, una ya no es la misma persona. Puede que esté exagerando porque quizás mi postura y mis movimientos sean una copia exacta de mi yo pasado, o quizá no, pero así es como lo siento, y hay toda una verdad en que el cuerpo es un reflejo de la mente que lo conduce. Una vez rompí con la sombra que de alguna manera me perseguía (decir que yo perseguía a la sombra sería más acertado), una vez caí una séptima vez y me volví a levantar, mi kendo empezó a brotar con hojas verdes, nuevas, incandescentes.

A veces nos aferramos a cosas muy tontas, sobre todo a hechos del pasado que si bien nos han marcado, debemos dejar ir para pasar página. ¿Pero qué hay cuando uno no quiere pasar página? ¿Sigo hablando de kendo? Lo fundamental es, primero, saber qué es lo que queremos. Yo necesité cuatro años para comprender que debía seguir entrenando, pero no estaba dispuesta a someterme a la misma presión. Y no hablo de presión por la exigencia física, sino a nivel personal. Hay momentos en los que te sientes en la cresta de la ola. Cuando yo me vi en ella, pensé inmediatamente: "disfrútalo" porque esa suerte podría desvanecerse de un plumazo. Y así fue. Acababa las clases extenuada y hastiada conmigo misma. No daba lo máximo y eso es raro en mí. Es una cualidad como otra cualquiera. Para algunas cosas querría ser menos pasional y más progresiva, pero así es la vida. El caso es que estaba perdiendo cierta fortaleza de la que me gustaba presumir; luego varios compañeros terminaron su periplo en el dojo y me invadió una sensación enrarecida. Así las cosas, dejar de entrenar se volvió una consecuencia natural. Nadie tuvo que arrancarme de allí.

En este blog voy a dejar constancia de muchas ideas que se me pasan por la cabeza antes, durante y después de entrenar. Será una visión caótica y personal, aunque creo que los kendokas experimentamos una serie de ánimos y sentimientos iguales. No sé si todos pasamos por un momento de "no reconocimiento" tanto en kendo como en otros aspectos de la vida, pero sí nos hemos sentido perdidos. Cuando me ocurre necesito poner distancia sobre ese suceso y yo. Esa distancia es variable: unas horas, tres meses, cuatro años. Solo cuando me reciclo puedo ver con claridad.  

1 comentario :

  1. Siento muy familiar gran parte de lo que cuentas, aunque yo lo llevo más a terrenos míos, el arco y la música. Adoctrinas al cuerpo, retiene el conocimiento y lo ejecuta, en cierto sentido, a la perfección (al menos, a la perfección del recuerdo, que no tiene porque ser la perfección del movimiento). El cuerpo es el mismo, más o menos desgastado, pero está ahí. Pero la mente no. No es la misma. Has estado cuatro años creciendo, cambiando, madurando, adquiriendo conocimientos y otras experiencias. Y claro.. intentar meter ese nuevo "Yo", ese nuevo "Kendoka", en un cuerpo con la memoria del "Yo" de hace cuatro años... es raro. Como ponerte ropa que, aunque te encaja, lleva cuatro años en el armario. Hay que amoldar el cuerpo y la mente, hacer que vuelvan a ser una, y en ese proceso uno se puede sentir desvalido y desprotegido, y nos escondemos tras las cortinas para que no nos vean hacer algo que, aunque excepcional, no sentimos del todo nuestro.

    Estás, a mi consideración, en una etapa preciosa. Redescubrir, reaprender y reconocer. Estás teniendo, de nuevo, "tu primera vez". Mojando la tostada en chocolate caliente tras años sin probarlo y ver que se recupera algo de aquellos días. Aunque se ha perdido la fuerza de la costumbre y las cosas pueden ser distintas. Te reciclas, y reciclada, ves las cosas desde el paradigma que, cuatro años (o los que sean) te han dado ahora.

    ResponderEliminar