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lunes, agosto 3

Kendo y la niebla

Una de las mejores frases que he oído del sensei venerable es que sobre todo tienes que entrenar los días que menos te apetece porque son los que más cunden. Es verdad que en esos momentos tengo que hacer un esfuerzo extra para ponerme el bogu, pero también salgo del dojo mucho mejor de lo que entro. Sin embargo, ¿qué pasa cuando no es así? ¿Cuando lo que pasa es que has trabajado con una malísima actitud, que no te has concentrado, que has entorpecido a tus compañeros, que, en definitiva, no dejas tu equipaje fuera?

Siempre diré que kendo ha mejorado un sinfín de aspectos de mi vida. Sobre todo, mi tolerancia a la frustración. Tengo poca paciencia y cedo a la presión, lo que genera dos caminos: la desesperación o la evasión. La primera me bloquea, como si sufriera un cortocircuito. La segunda me marca la casilla de salida. Kendo consigue que cada día me enfrente a ciertos temores que tienen que ver única y exclusivamente conmigo pero que afectan mi manera de relacionarme con el resto del mundo.

Aun así, existen días en los que no puedo. Las cosas no salen bien. Por mucho empeño que ponga parece que no me reconcilio con la vida. Suerte que los entrenamientos se acaban y vuelven a empezar, suerte que los malos días se emborronan con el aprendizaje de los días mejores. Y suerte que a veces nos rodeamos de quienes dicen justo las palabras que necesitamos oír, no porque nos acomoden, sino porque nos despejan.

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