Siempre diré que kendo ha mejorado un sinfín de aspectos de mi vida. Sobre todo, mi tolerancia a la frustración. Tengo poca paciencia y cedo a la presión, lo que genera dos caminos: la desesperación o la evasión. La primera me bloquea, como si sufriera un cortocircuito. La segunda me marca la casilla de salida. Kendo consigue que cada día me enfrente a ciertos temores que tienen que ver única y exclusivamente conmigo pero que afectan mi manera de relacionarme con el resto del mundo.
Aun así, existen días en los que no puedo. Las cosas no salen bien. Por mucho empeño que ponga parece que no me reconcilio con la vida. Suerte que los entrenamientos se acaban y vuelven a empezar, suerte que los malos días se emborronan con el aprendizaje de los días mejores. Y suerte que a veces nos rodeamos de quienes dicen justo las palabras que necesitamos oír, no porque nos acomoden, sino porque nos despejan.
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