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lunes, julio 11

Mi dojo, mi familia

Hace casi un año y medio vine a vivir a Madrid. Lo primero que hice fue buscar un techo. La segunda, un lugar donde entrenar. Cualquier emigrante tiene que hacer frente a una serie de preguntas al respecto: ¿quiero que mi casa esté cerca del dojo o del trabajo? ¿Qué horarios tienen? ¿Cuánto cuesta la inscripción? ¿Y cómo serán los kenshis que encuentre allí? Con al menos estas incógnitas en la cabeza te pones a buscar referencias, encuentras buenas y malas, cotejas, te lo piensas, los buscas en redes sociales, te pasas un día a ver el sitio desde lejos y si te entra por los ojos, cruzas la puerta. Este es uno de los caminos. Otro, que ya conozcas a alguien que entrena allí. Y otro, que decidas en función de la impresión que te da ese dojo.

Alguien cercano comentó hace poco que en el zekken llevas dos nombres: el tuyo, que te pertenece, y el de tu dojo, que debes cuidar. Con esto se refería a ser consciente de la responsabilidad que conlleva practicar fuera de casa. Muchas veces nos basta un mal gesto en particular para hacer un juicio general que podría determinar decisiones futuras. No sé. Elecciones tan triviales como a quién elegir para hacer katas. Elecciones tan importantes como tachar un club de la lista. Elecciones que acarrean rumores inapropiados o anécdotas divertidas o fama, sin más adjetivos. Elecciones, al fin y al cabo, tomadas a raíz de actitudes ajenas. Lo ideal es que tratemos de ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Ya no solo por nuestro bien, sino por el de los compañeros que pelean a nuestro lado y que pretenden llevar el kendo cada vez más lejos.

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